Somos estando.
En la
estancia las cosas tienen su ser. Un árbol por ejemplo, es un árbol en la estancia. Es ésta la que
hace posible que las
cosas sean lo que son.
Esto nos da que pensar a los que estamos en este estar
como un ser, es decir, como algo más durable que la mera
estancia, una
meta-estancia, por así decirlo. Con esto podemos transformar la
estancia en un
objeto de intercambio. Podemos vender y comprar el tiempo y el lugar
que somos
estando. Pero la estancia misma sigue siendo estancia aunque la
tratemos como
siendo o como esencia. La estancia precede a la esencia en el sentido
de que la
posibilita no siendo ella misma entonces de carácter esencial
sino estancial.
El ser humano es estanciero, lo que no se identifica con tener una
estancia y
usufructuarla, incluyendo en dicho usufructo el ser propio y ajeno y el
ser de
las cosas que son pero no están.
La posibilidad de percibir esta diferencia entre esencia
y estancia, o entre ser y estar, es lo que diferencia a este modo de
ser
de los
seres que meramente son o de los que, como todo ser vivo, estando no
perciben
esta diferencia como tal. Esta diferencia nos da que pensar porque es a
causa
de ella que percibimos no sólo qué sino, sobre todo,
quiénes somos. El ser alguien
se funda en el percibir dicha diferencia. ¿Por qué?
Porque al percibirla
notamos la singularidad de todo estar, su carácter irremplazable
e inesencial,
su mero estar el cual parece en muchas ocasiones ser idéntico a
la estancia de
otros estancieros. La educación tiene como tarea el cuestionar
esta ilusión
ayudando al otro a que perciba su propia estancia. La estancia hace
posible las
estancias en tanto que estas son vistas como tales y en su diferencia
con las
esencias.
La percepción de la diferencia entre estancia y esencia
tiene lugar en el lenguaje.El lenguaje es la estancia del ser. En el
lenguaje
las cosas nos dicen lo que son. En la vida diaria hablamos sobre ellas
y casi
sin percibirlo hablamos también de la estancia como una cosa
más, como si la
estancia fuera una esencia. La esencia nos permite olvidarnos de la
estancia,
hacer como si la estancia no estuviera o no ‘fuera’ una estancia.
¿Pero qué es
entonces la estancia si no es esencia? ¿Cómo hablar de
algo si no es hablando
de lo que es, es decir, de su esencia? ¿No dijimos que el
lenguaje ‘es’ la
estancia del ser? ¿Qué sentido tiene ese ser estancia que
nos permite ver y
tratar a la estancia como siendo pero al mismo tiempo diciendo y siendo
/
estando en la diferencia entre esencia y estancia?
Cuando nos olvidamos de la diferencia y sólo
vemos a la estancia como esencia
nos transformamos de estancieros en esencieros. Creemos que somos
cuando, en
verdad, estamos.
Ultimos cambios: 7
de junio de 2011